El barón rampante (Italo Calvino)

Una madre que sólo piensa en los cañones y las guerras, un padre anclado en el pasado más preocupado por los títulos nobiliarios que por su propia casa, una hermana convertida en monja por obligación y que desata su inconformismo preparando las comidas más grotescas, un cura con fuerte carácter pero que se queda en Babia y no se entera, un abogado silencioso harto de protocolos y por supuesto, Cosimo, un niño que se sube a un árbol y no tiene intención de bajarse nunca. Todas estas personalidades tan dispares se reúnen en una mesa para comer y es allí donde chocan y donde Cosimo toma su decisión, que llevará hasta las últimas consecuencias. Así empieza el primer capítulo de esta novela, un episodio sublime por su singular propuesta y su sentido del humor, y que sirve para embarcarnos en una novela de lo más original, y que funciona como metáfora sobre la vida en sus múltiples facetas.

Así, vemos cómo la obstinación de Cosimo llega hasta límites insospechados. Él mismo se ha auto impuesto una norma: va a vivir en los árboles para siempre. Es un gesto de rebeldía contra la imposición familiar, pero extensible a la sociedad en general. Se convierte en una forma de ver la vida desde cierta distancia, y desde allí arriba desafía al poder, a lo establecido, y con su propia idea de sociedad para los hombres. Poco a poco el lector acepta esta nueva vida, desde las más estrafalarias acciones, hasta la rutina diaria por sobrevivir lo mejor posible. En este sentido, el autor se encarga de que cada necesidad sea cubierta y de que no se encuentren lagunas en su relato debido a la dificultad de maniobra, físicamente hablando. Aunque en su mayor parte Cosimo es autosuficiente, no se negará a recibir ayuda externa. A raíz de esto, el tema de la soledad está muy presente en el libro. Nuestro protagonista sabe que aunque decidamos hacer la guerra por nuestra cuenta, no debemos separarnos de los demás o nos convertiremos en seres desdichados. Es más, Cosimo descubre que las asociaciones hacen al hombre más fuerte ante las adversidades y sacan lo mejor de él. Una vez metidos en la historia, y aunque todas estas limitaciones puedan suponer un problema, Calvino tiene mucho que contar y desborda imaginación en cada una de sus páginas.

Esta es la historia de una obstinación, pero la importancia de ser auténtico, de ser uno mismo y de mantener unos principios a pesar de las adversidades, es la esencia del libro, pero también de saber comprender a los demás, de ayudar, de no dejarse llevar por las primeras impresiones y del peligro del orgullo desmedido. Un libro fascinante que sirve de reflexión ante la vida.

Autor

Italo Calvino nació en 1923 en Santiago de las Vegas (Cuba) y murió en 1985 en Siena (Italia). Creció en el seno de una familia de eminencias científicas, siendo la única oveja negra con tendencia a la artes. Después de probar suerte con el cine y las tiras cómicas, acabó por decantarse por la literatura. Tuvo una activa vida cultural y política en la que no faltó la aventura.

Inició su trayectoria como escritor en las filas del neorrealismo italiano. Con el paso del tiempo fue abandonando su costumbrismo y su compromiso ideológico para sumergirse, cada vez más hondamente, en lo fantástico y lo alegórico.

Entre sus obras más importantes destacan: “El sendero de los nidos de arañas” (1947), “Por último, el cuervo” (1949), “El vizconde demediado” (1952), “El barón rampante” (1957), “El caballero inexistente” (1959) y “Las ciudades invisibles” (1972)

Sinopsis

Cuando tenía doce años, Cosimo Piovasco, barón de Rondó, en un gesto de rebelión contra la tiranía familiar, se encaramó a una encina del parque de la casa paterna, anunciando su propósito de no bajarse nunca de los árboles. Desde entonces y hasta el final de su vida, Cosimo permanece fiel a una disciplina que él mismo se ha impuesto.

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Ventanas de Manhattan (Antonio Muñoz Molina)

Cuando yo visité Nueva York, en el verano de 1997, arrastrado por el ímpetu de Pilar, que fue capaz de vencer mi natural pereza hacia los viajes largos y consiguió hacerme cruzar el charco, me creía muy preparado por mi experiencia previa —muchas películas, bastantes libros y unos cuantos relatos de amigos y conocidos— para reconocer la ciudad y sus gentes. Sin embargo, todo me sorprendió: el alarmante rigor de los aduaneros del alquilerdealquilerdecoches.com/»>coches.com/»>aeropuerto JFK, los insólitos sistemas de pago en los autobuses públicos, la complejidad de las cabinas de teléfono, las proporciones casi inconcebibles de los edificios, de las calles y de los ríos. A juzgar por su testimonio en Ventanas de Manhattan TÍTULO=»\indice1\»>1, también Antonio Muñoz Molina se sintió en su primer viaje sorprendido e intimidado por los corpulentos agentes de inmigración, por los impacientes cobradores de autobús y por la arquitectura y geografía de la ciudad, siempre tan colosales. Y aunque el novelista de Úbeda sea desde hace tiempo un habitual de la ciudad de los rascacielos, sigue tan fascinado como el primer día —y así lo transmite al lector en este libro de lectura apasionante— por la multiforme variedad de sus gentes, la agitación y el ruido permanentes, la vitalidad de una urbe desmedida, donde toda experiencia humana es posible.

Otra coincidencia entre la experiencia del novelista y la mía tiene que ver con el ataque del 11 de septiembre de 2001 contra las torres gemelas del World Trade Center. La primera imagen que vi, todavía con los ojos entrecerrados tras haber sido bruscamente despertado de la siesta —un rascacielos en llamas, nítidamente recortado contra un cielo azul— me pareció algo así como una enorme chimenea humeante, un insólito símbolo de la era industrial erguido en medio de un extraño decorado. También Antonio Muñoz Molina acababa de recobrarse del sueño (en su caso, nocturno), y su testimonio del atentado que unos pocos minutos antes había tenido lugar a menos de diez kilómetros de la ventana de su apartamento (véase la secuencia 18, páginas 78-80), transmite un parecido efecto de irrealidad y pasmo. Quizás nuestra común sensación fuera un mecanismo inconsciente de defensa contra el impacto de una catástrofe que a muchos nos había tocado en la fibra más íntima, pues Nueva York es un escenario lleno de resonancias sentimentales para la gente de nuestra edad —el novelista sólo me lleva cinco años—, que hemos crecido, aunque sólo sea imaginariamente, a la sombra de los rascacielos y de los majestuosos árboles de Central Park.

No obstante el paralelismo que acabo de trazar, el retrato de la ciudad norteamericana que traza Ventanas de Manhattan dista mucho de ser un reflejo oportunista del atentado contra los rascacielos del World Trade Center TÍTULO=»\indice2\»>2. Tanto la necesidad como el trazo de este retrato nacen de fuentes mucho más hondas, como permite inferir el hecho de que Nueva York y su brillante constelación de referencias culturales, artísticas y emocionales constituyen una constante en la obra de Muñoz Molina, tanto en la narrativa como en su obra periodística. Tal como aparece representada en este libro, la ciudad del Hudson y el East River tiene muy poco que ver con un destino turístico convencional y tampoco corresponde con exactitud al modelo, consagrado por los libros de viajes, los reportajes periodísticos y ciertos libros de memorias, del viajero fiel y cultivado que vuelve una y otra vez al encuentro de sus escenarios predilectos. La ciudad gigantesca e inagotable a la que acude por primera vez el protagonista, como un palurdo (con tal palabra se califica a sí mismo, en la página 16) que anhela desprenderse de su condición localista y marginal, como un forastero que se siente intimidado por multitud de detalles sorprendentes y desconocidos, acaba por convertirse en un componente fundamental de la identidad personal, en un paisaje espiritual y emotivo que no por ello deja de ser al mismo tiempo real, perfectamente reconocible una y otra vez por los lectores.

La Nueva York de Ventanas de Manhattan, aun con toda su abrumadora y a menudo dolorosa y acuciante sensación de realidad, tiene mucho de ciudad imaginada o recreada, de vivencia del espíritu. Los mundos del cine, de la música y de las artes plásticas (pintura, escultura, arquitectura, fotografía) aparecen una y otra vez en este libro como leitmotivs que se encadenan y se combinan, al modo de frases de una melodía o pinceladas en un cuadro. Los paseos del protagonista por la ciudad, su ir y venir sólo aparentemente caprichoso, trazan un mapa sentimental que reproduce los escenarios de muchas horas de atenta observación y callejeo, pero también de lectura, de deleitosa contemplación de pantallas cinematográficas, de paladeo de grabaciones de jazz y blues, de ensoñaciones y fantasías. Esta dimensión sentimental y emotiva de la ciudad resulta muy evidente en la secuencia final del libro, que no está narrada en presente, sino en un pasado que corresponde a la Nueva York evocada desde Madrid. En esta secuencia el autor rememora una visita a un club de la Novena Avenida, y el aire antiguo, algo anacrónico, de la sala, de los músicos y del público que baila parecen haber brotado de su imaginación: “Si no tuviera quien comparte conmigo el recuerdo de esa noche, estaría seguro de haberla soñado” (p. 382).

Pero es que además Nueva York es el escenario donde el autor reconoce y construye su propia identidad, que aparece indisolublemente asociada a la vivencia afectiva, pues en la ciudad culmina un episodio clave de su historia sentimental TÍTULO=»\indice3\»>3, y de la que forma parte inseparable, como ya ocurría en Sefarad, la conciencia del desarraigo y la ajenidad. Con la lejanía característica del extranjero, el autor toma distancia respecto a su propio origen —“soy el ciudadano invisible de un país inexistente, célebre si acaso por la Inquisición, las matanzas de indios, las corridas de toros y las películas de Pedro Almodóvar”, afirma en el arranque de la secuencia 77 (p. 338), en una frase que tiene visos de hacerse famosa— y es capaz de relativizar las obsesiones que le afligen cuando vive en España. Por otra parte, su estancia en Nueva York le proporciona la oportunidad para conocer a diversas gentes —el cónsul y el cardiólogo (¿Valentí Fuster?) con los que conversa en las secuencias 14-17, la pareja de artistas que dejaron el País Vasco hace veinte años y “no entienden nada de lo que ocurre en su tierra de origen” (secuencia 61), los estudiantes de la City University, muchos de ellos emigrantes, a los que el autor imparte clases en la secuencia 45, los escultores Juan Muñoz, Leiro y Manolo Valdés, cuyas obras aparecen vívidamente descritas en las secuencias 46, 59 y 75, el actor Javier (aunque no se nombra su apellido, resulta más que evidente a la luz de los datos que proporciona la secuencia 68 que se trata de Javier Cámara)—, todas ellas caracterizadas por su extraterritorialidad, por su identidad múltiple, propia de las personas que viven entre dos continentes, dos culturas y dos lenguas, y que por ello disponen de una mirada limpia y una independencia de criterio que para el autor constituyen un motivo de sintonía y en muchos casos de admiración.

Ventanas de Manhattan es una obra singular, que no corresponde con precisión a ninguna de las categorías genéricas habituales, pero que sin duda ha logrado cartografiar con éxito un valioso territorio fronterizo entre ellas. Si no fuera porque con demasiada frecuencia los términos tomados del ámbito de la biología presentan connotaciones negativas, diría que se trata de un fascinante híbrido entre el dietario, el libro de memorias, el ensayo, la novela, el reportaje y el libro de viajes. La introspección en la conciencia y en el recuerdo, propia del ámbito novelístico, se entreteje con el testimonio directo que suele caracterizar a los reportajes periodísticos y a los libros de viajes, y con la reflexión densa y minuciosa esperable en un diario o en un ensayo, todo ello en una mezcla muy sugestiva cuyos antecedentes en la trayectoria del escritor hay que rastrear en obras de un perfil genérico más nítido, como el libro de memorias Ardor guerrero (1995) y novelas como El jinete polaco (1991) y, sobre todo, Sefarad (2001). Es cierto que Ventanas de Manhattan podría clasificarse perfectamente en el ámbito de lo que los anglosajones llaman “non fiction”, pues no hay historia en el sentido narratológico del término ni tampoco personajes al modo novelístico; además, no existe ninguna distancia entre el autor y la instancia narrativa, pues el texto no participa del estatuto ficcional de los géneros narrativos. Sin embargo, la singularidad del yo protagonista y la potencia con que su subjetividad determina la representación del mundo que le rodea rebasan claramente los límites propios del memorialista o el reportero, acercándolo en cambio a la actitud característica del ensayo.

El libro consta de ochenta y siete secuencias (me parece más correcto este término que el de capítulos) de variada longitud, que se ordenan de forma vagamente cronológica —la llegada a la ciudad, la estancia, la despedida y el viaje de vuelta—, aunque sin un hilo argumental definido. El discurso va y viene, volviendo una y otra vez sobre temas y motivos recurrentes —las ventanas que permiten atisbar las vidas ajenas y que dan título a la obra, el movimiento y el ruido incesantes, la confusión y tráfago de los mercados callejeros, los paseos por los parques y avenidas, las visitas a museos, la música en todas sus variedades, estilos y formas— que se van entrelazando y completando progresivamente, hasta trazar un entramado que sostiene el texto y guía al lector a lo largo de su recorrido. Determinados motivos —por ejemplo los cambios estacionales, marcados por la decoloración de las hojas y la aparición del viento y las lluvias que anuncian el invierno, o la evolución del tono vital del protagonista, que se desliza hacia la melancolía conforme se aproxima el momento de dejar la ciudad— sirven además para marcar el paso del tiempo y pautar la estructura de la obra.

No todas las secuencias tienen la misma entidad ni el mismo tratamiento. Muchas abundan en el carácter reflexivo y meditativo, vinculado a la exploración del yo y a la (re)construcción de la experiencia biográfica, tan típico de la obra de Muñoz Molina. Otras constituyen vigorosos, magníficos apuntes de la vida cotidiana, de tono entre íntimo y costumbrista TÍTULO=»\indice4\»>4 (véase, por ejemplo, la secuencia 39, evocación de la vida placentera en los cafés, o la 58, maravillosa descripción de las tiendas y mercadillos de la ciudad), donde sobresale la capacidad del autor para la observación, la interpretación del detalle, la invención de las más sorprendentes asociaciones y los contrastes más sugestivos. Son muy frecuentes las secuencias de carácter ensayístico —no creo exagerado afirmar que Ventanas de Manhattan es la obra de Muñoz Molina más devotamente consagrada a su vocación de atento y gustoso observador de las manifestaciones artísticas— sobre las diversas artes, especialmente la música TÍTULO=»\indice5\»>5, pero también la literatura, la arquitectura, la pintura, la fotografía y la escultura TÍTULO=»\indice6\»>6. Hay secuencias dedicadas al callejeo urbano, a Central Park y las riberas del Hudson o el East River, a los selectos ambientes de Park Avenue, a los distritos y los barrios (Harlem, Brooklyn, el Bronx, Queens), al solar arrasado de las Torres Gemelas, a los museos, los mercados, los bazares y las tiendas, a los personajes de la alta sociedad y los innumerables locos, mendigos y desarraigados, a la vida mestiza de los inmigrantes, los exiliados y tantas gentes de diversas naciones que dividen sus vidas entre Nueva York y sus países de origen.

Uno de los méritos más indudables de este libro reside en la capacidad de su autor para captar en toda su riqueza la variedad y el movimiento infinitos de la vida neoyorkina (“Manhattan es el gran bazar del mundo entero” es una frase espléndida con la que se abre la secuencia 58). El vértigo, la alegría de vivir y la exaltación epicúrea que suscita la inagotable diversidad de la ciudad están magníficamente representados en secuencias como la 34 y 35, que expresan la sensación de “recogimiento y felicidad, de mareo y codicia” (p. 139) ante la abundancia de espectáculos, de museos y librerías, o la 41, que es una descripción magistral del abigarrado mundo de los cuadros de Brueghel, tan próximo en muchos sentidos al latido, a un tiempo vibrante y obsceno, del desaforado corazón de la urbe, o la secuencia 60, dedicada a evocar la continua transformación física de la ciudad —epítome del urbanismo contemporáneo y del espíritu del arte moderno—, una secuencia vibrante y apasionada, que tiene ecos de la literatura futurista, con su admiración por el maquinismo, la velocidad y el cambio súbito.

En Ventanas de Manhattan, Muñoz Molina persiste, aunque aliviada en comparación con algún título anterior (Sefarad podría ser el ejemplo más claro), en su tendencia a adensar la prosa y dotarla de un espesor que a menudo se resiente por la falta de algo más de ligereza y de frescura. Por otra parte, a pesar del título, que sugiere una emoción solidaria —las ventanas como un estímulo para la observación de las vidas ajenas y la búsqueda de una proximidad afectiva con ellas—, a pesar de que en muchas secuencias el autor es capaz de identificarse emotivamente con la experiencia individual (véanse, por ejemplo, las secuencias 48 y 49, que describen el Tenement Museum, dedicado a inmortalizar el recuerdo de las terribles condiciones de vida de las viviendas donde se hacinaban los emigrantes; o la secuencia 79, emotivo y a la vez irónico retrato de dos viudos dedicados a ayudar a los emigrantes recién llegados, que es uno de los pocos casos TÍTULO=»\indice7\»>7 en que personajes norteamericanos sin ningún relieve público aparecen identificados con sus nombres de pila y con una historia concreta y personal), el lector puede llegar a creer que la sensibilidad del escritor se ha quedado embotada en los objetos y en los escenarios, en los efectos estéticos y en la acumulación culturalista, y que como consecuencia ha relegado a un segundo término la peripecia humana que se encuentra tras ellos y que les dota de auténtico interés.

Y eso que el autor es perfectamente consciente de que entre las grietas de la espléndida fachada retratada en Ventanas de Manhattan asoma por doquier un fondo de alienación, cuando no una un submundo sórdido y miserable. Haciéndose eco de forma explícita de un sentimiento que ya manifestó Lorca en Poeta en Nueva York, Muñoz Molina vuelve una y otra vez (véanse, por ejemplo, las secuencias 63 y 73) sobre un leitmotiv muy característico: el de la ciudad hostil, habitada por seres que se recluyen en sí mismos como islas incomunicadas, una ciudad que ha convertido la mezcla de cordialidad superficial y esencial indiferencia en toda una forma de vida (“estar viendo y no mirar es un arte supremo en esta ciudad que desafía tan incesantemente a la mirada”, p. 122). No es nada casual, por tanto, la insistencia del autor en traer a primer plano la muchedumbre de locos, alienados e indigentes, muchos de ellos en diversos grados de obsesión y delirio, que pueblan las calles de la urbe.

Tanto la estructura como el estilo de Ventanas de Manhattan responden a un propósito muy evidente, que el propio autor declara en la secuencia 67: “Miro y escribo. Me gustaría que la mano avanzara sola y automática para que los ojos no se apartaran ni un segundo del espectáculo que alimenta la inteligencia y la escritura” (p. 293). De hecho, todo el libro, salvo intervalos rememorativos frecuentes, aunque no demasiado extensos, está redactado en presente, en presente actual o habitual, un tiempo verbal que acrecienta la sensación de vida fluida, multiforme y que promueve la multiplicidad de experiencias y sensaciones. Incluso la descripción de las obras de arte y los objetos de los muchos museos, galerías y escaparates que recorre el libro está realizada desde la perspectiva de un presente que actualiza la experiencia remota a partir de la cual se crearon.

A este propósito de captar el instante en su inmediatez y variedad se aplican recursos muy variados, entre los cuales cabe destacar el uso frecuentísimo de la enumeración caótica (verdaderamente antológico en secuencias como la 73, dedicada a los rastros y mercadillos callejeros, con su acumulación de objetos descabalados e inútiles, o la 76, una descripción del mercado oriental de Canal Street cuyo aire de ajenidad y extrañeza lo hacen parecer el escenario de una película de ciencia ficción), la adjetivación rotunda, eficacísima, la acumulación de sintagmas paralelos, la proliferación de asociaciones sorprendentes que combinan elementos heteróclitos, en un torbellino fascinante que a veces recuerda las imágenes de la poesía vanguardista TÍTULO=»\indice8\»>8 (“las puntas metálicas de los paraguas abiertos chocan y se enredan entre sí como las pinzas de los cangrejos en las cestas de mimbres de las pescaderías”, pp. 334-335), o los abruptos contrastes que enfrentan experiencias muy diversas (por ejemplo, el de la secuencia 78, dedicado a las riberas del Hudson, con su insólita mezcla de repulsivos mataderos y selectas discotecas de moda).

Sin embargo, el autor es consciente de lo ilusorio de su propósito y de la limitación de los medios que tiene a su alcance —“hay dibujos y fotografías que pueden apresar un instante, pero no existe una literatura que pueda contar con plenitud toda la riqueza de un solo minuto”, afirma en la página 139—, y de hecho, en competencia con la exaltación vitalista y el goce de las muchas maravillas que describe, toda la obra aparece recorrida por una especie de tono melancólico o resignado, el del artista que comprende que su modo de expresión es incapaz de competir con la infinita variedad del modelo que intenta representar. No es extraño, entonces, el entusiasmo de Antonio Muñoz Molina por la música y las artes plásticas, que de algún modo logran superar las limitaciones de la palabra para captar el incesante fluir, la vida fascinante e inagotable de ese “gran bazar del mundo entero” que es la ciudad de Nueva York.

Notas

TÍTULO=»\nota1\»>1. Antonio Muñoz Molina, Ventanas de Manhattan, Barcelona, Seix Barral (Col. “Biblioteca Breve”), 2004, 382 páginas. «

TÍTULO=»\nota2\»>2. Aunque el ataque a las Torres Gemelas y sus consecuencias planean sobre la obra como una referencia ineludible, en realidad son el centro de atención de una parte relativamente pequeña del texto: en concreto, diez secuencias, de la 18 a la 27, y algo menos de cuarenta páginas. «

TÍTULO=»\nota3\»>3. Es un episodio, seguramente autobiográfico, que ya había sido novelado en obras anteriores, como El jinete polaco (1991) y que vuelve a aparecer en la secuencia 26 (página 108) de Ventanas de Manhattan. Por cierto, también el cuadro de Rembrandt, que forma parte de los fondos de la Frick Collection de Nueva York, se menciona en Ventanas de Manhattan. «

TÍTULO=»\nota4\»>4. El propio Muñoz Molina sugiere al inicio de la secuencia 12 la necesidad de despojar al término “costumbrista” de las connotaciones negativas que ha adquirido en nuestra literatura, y hace una observación que me parece muy justa: que la literatura sobre Nueva York es marcadísimamente localista, y que su proyección universal no viene dada tanto por su propia entidad como por la resonancia que inevitablemente adquiere todo lo que procede de este auténtico emblema de la civilización contemporánea. «

TÍTULO=»\nota5\»>5. Según he leído en las crónicas de la presentación de Ventanas de Manhattan ante los medios de comunicación, el libro fue inspirado por el editor Luis Suñén (a quien está dedicado), quien solicitó a Antonio Muñoz Molina algún texto sobre su relación con la música. No hace falta insistir en que la obra resultante desborda su motivación inicial, pero lo cierto es que ésta ha quedado más que satisfecha, pues Ventanas de Manhattan resuena constantemente con todos los estilos y las formas musicales: las notas solemnes del Réquiem alemán de Brahms, los clubs selectos de jazz donde cantan Dee Dee Bridgewater o Paula West, los garitos de Harlem, los conjuntos de cámara de la Juilliard School y las representaciones de La flauta mágica de Mozart en la City Opera, las emisiones de la radio pública WNYC, las big bands, el eco de figuras desaparecidas como Miles Davis, Thelonious Monk, Benny Goodman o Béla Bartók, los músicos y bailarines callejeros que pululan por las calles, parques y bocas de metro, haciendo sonar en una fascinante cacofonía trompetas, saxofones y hasta cubos de plástico. «

TÍTULO=»\nota6\»>6. Para determinados lectores —he hecho alguna comprobación al respecto—, la acumulación culturalista puede resultar fatigosa. En descargo del novelista habría que señalar que éste es un rasgo muy característico de toda su obra literaria desde los primeros dietarios que publicó (El Robinson urbano, 1984 y Diario del Nautilus, 1985) y que además está plenamente integrado en la vivencia personal de la ciudad. Por otra parte, cualquiera que haya viajado a Nueva York con un mínimo bagaje cultural se da cuenta inmediatamente de que muchos de sus escenarios más significativos ya los ha visitado antes, a través de los libros, el cine o la televisión. «

TÍTULO=»\nota7\»>7. Hay al menos otras dos historias de neoyorkinos que han salido del anonimato: el joven trompetista negro Rufus A. Powell (secuencia 62), tal vez víctima de un timo que proyecta sobre su figura elegante y formal una suave tono patético; y el profesor de literatura Mark (secuencia 65), un descendiente de italianos que se dedica con vocación encomiable a enseñar a los alumnos más desfavorecidos del Bronx. «

TÍTULO=»\nota8\»>8. No creo que esta filiación vanguardista sea un simple reflejo o coincidencia. De hecho, en Ventanas de Manhattan se evocan con frecuencia los versos del Lorca de Poeta en Nueva York, las esculturas de Giacometti o la música de autores como György Ligeti, Edgar Varèse o John Cage. «

Para saber más

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Historia de la enemistad contra los libros

Este es un breve recorrido por la historia de la censura y la persecución de las ideas a través de los libros.  Por supuesto, habrá muchos más casos que no han llegado a nuestro conocimiento, prrecisamente por su éxito o acaso por nuestra desidia.

Año 387 a.C. – Platón sugirió eliminar partes de la Odisea de Homero, “perniciosas para los jóvenes”.

Año 213 a.C. – El emperador chino Ts’In Shircanghi ordena quemar todas las bibliotecas a fin de hacer desaparecer los escritos que criticaban su gestión.

Año 200 a.C. – El emperador Chi Huang Ti ordena la quema de los Anales y otras obras de Confucio.

Año 47 a.C. – Primer incendio de la Biblioteca de Alejandría por los invasores romanos.

Año 35 a.C. – Calígula ordena la prohibición de la Odisea de Homero considerando peligrosas las ideas griegas de libertad en la Roma imperial

Año 68 d.C. – Incendio de la biblioteca del Capitolio en Roma, por orden del emperador Nerón.

Año 69 d.C. – Segundo incendio de la Biblioteca del Capitolio en Roma durante la guerra civil que terminó con la victoria de Vespasiano.

Año 391 d.C. – Segundo incendio de la Biblioteca de Alejandría.  Siglo VI d.  C.  – Tercer incendio de la Biblioteca de Alejandría ordenado por el califa Omar

Año 1120 – El Sínodo de Soissons (Francia) ordena la destrucción de Introductio ad Theologiam de Pierre Abelard y la encarcelación de su autor por herejía.

Año 1140 – Todas las obras de Abelard son prohibidas y quemadas en Roma por orden del Papa Inocencio III.

Año 1318 – Quema de La Divina Comedia de Dante Alighieri en París, por orden de la Inquisición

Año 1497 – Elegías de Ovidio, quemado en Roma por orden de Savanarola, junto con las obras de Dante

Año 1498 – Savonarola, torturado por la Inquisición, se declaró culpable de herejía.  Fue quemado en la hoguera con sus escritos

Año 1512 – Moriae Encomium de Erasmo prohibida por las Universidades de París, Lovaina, Oxford y Cambridge.  Año 1521 – Obras de Martín Lutero quemadas en Roma por orden del Papa León X, y en París por orden de la Universidad.

Año 1538 – El impresor parisiense de libros en idioma inglés, Renault, encarcelado por orden de la Inquisición por imprimir la Gran Biblia para la Iglesia anglicana, y los ejemplares impresos quemados

Año 1544 – Institución Cristiana de Calvino quemada en la hoguera en la Plaza Maubert de París por orden del Santo Oficio de la Inquisición, junto con el editor-librero Etienne Dolet y todos los demás libros encontrados en su librería.

Año 1551 – El Santo Oficio de la Inquisición de Valencia prohíbe la Biblia traducida al español.

Año 1555 – Gran hoguera, de Santas Escrituras Hebreas frente al palacio papal Farnese, por orden y presencia del Papa Julio III.

Año 1559 – El Papa Paulo IV ordena la destrucción de todos los libros hebreos encontrados en las sinagogas y en los domicilios judíos en el ghetto de Roma.

Año 1581 – Prohibición de la publicación en Lisboa de la Divina Comedia de Dante, autorizada luego con correcciones hechas por la Inquisición.

Año 1595 – Jerusalén liberada de Torcuato Tasso, prohibida por el parlamento de París por sus ideas antimonárquicas.

Año 1599 – Quema de Londres de Elegías de Ovidio, por orden del Arzobispo de Canterbury, por las “tendencias inmorales” de la obra.

Año 1600 – El Parlamento de París prohíbe la publicación del Decamerón de Bocaccio.

Año 1601 – Quema de libros hebreos en la Plaza San pedro, por orden del Papa Clemente VIII.

Año 1624 – La versión alemana de la Biblia traducida por Martín Lutero, condenada por el Papa a la destrucción.

Año 1633 – Diálogos de Galileo Galilei, prohibida por el Papa Urbano VIII por las afirmaciones cosmográficas contrarias al dogma de la Iglesia.  Galileo fue juzgado por la Inquisición y condenado a morir en la hoguera.  Por el indulto del Papa, fue encarcelado por vida y sus obras quemadas.

Año 1633 – Meditaciones metafísicas de René Descartes, prohibida en Roma.

Año 1640 – Don Quijote de Miguel de Cervantes, prohibida por las autoridades de Madrid.

Año 1657 – Lettres provinciales de Blaise Pascal, quemada en París.

Año 1762 – Emile de Jean-Jacques Rousseau, destruida por orden del Parlamento de París.

Año 1766 – Le Contrat social y Julie ou la nouvelle Heloise de Jean-Jacques Rousseau, prohibidas por el Index del Vaticano.

Año 1781 – Bodas de Fígaro de Beaumarchais, prohibida por Luis XVI como una obra inmoral.  El autor encarcelado.

Año 1808 – El gobierno de Prusia prohíbe Fausto de Goethe exigiendo la supresión de sus partes “subversivas” referentes a la libertad

Año 1853 – Napoleón le Petit de Víctor Hugo prohibida por Napoleón III.  El autor exiliado hasta la caída del Segundo Imperio de Francia.

Año 1922 – Ulises de James Joyce, destruida en Estados Unidos, Irlanda, Canadá e Inglaterra.

Año 1929 – Adiós a las armas de Ernest Hemingway, prohibida en Italia por su relato de la derrota del ejército italiano en Caporetto en la Primera Guerra Mundial.

Año 1933 – Las hogueras nazis.  Quema y destrucción en Berlín y otras ciudades de alemania por orden del gobierno nacional-socialista encabezado por Adolfo Hitler, de obras de Heinrich Heine, Emil Ludwig, León Feuchtwager, Thomas Mann y muchos otros autores de tendencia liberal o de origen judío.  En noviembre del mismo año, en la llamada Noche de Cristal, entre otros comercios judíos, fueron saqueadas las librerías y quemados en hogueras los libros allí encontrados.  Año 1939 – Prohibición de la venta de Fausto de Goethe en las librerías de España.

Años 40 – Prohibición de centenares de autores bajo los regímenes comunistas del Este. La lista res casi interminable.

Resto del siglo XX: Diversas prohibiciones contralibros por parte de toda clase de regímenes totalitarios. En España, bajo el franquismo,s e prohiben todos loslibros de corte erótica o simplemente liberal, aunque hay grandes, gigantescas lagunbas en esta prohibición, que se relajaa medida que el franquismo enevejece. Es notoria, por ejempolo, la edición de las Mil y Una Noches censurada pro el arzobismpo de Toledo. Es notoria por lo poco censurada que está, ya que resulta mucho más expeditiva y explícita que alguna ediciones actuales.

Año 2001- Prohibición de la venta o difusión de cualquier libro que ponga en duda o discuta el Holocausto Judío. A falta de jurisdicción sobre los autores, en España se llega a encarcelar a un librero que vendía esta clase de libros.

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BAUDOLINO (Umberto Eco)

En el año 1204, Baudolino de Alejandría entra en Constantinopla, ignorante de la Cuarta Cruzada que había llevado el caos a la ciudad. En medio de la confusión, conoce a Nicetas Choniates y le salva la vida. Nicetas queda maravillado con su genio lingüístico al escucharle hablar en todas las lenguas que conoce, y por la cuestión: si no es parte de la cruzada, ¿quién es? Baudolino empieza a contar la historia de su vida a Nicetas.

 

Su historia comienza en 1155, cuando Baudolino es comprado y adoptado por el emperador Federico I. Tanto en la corte como en el campo de batalla, le educan en la lectura y escritura del latín y aprende sobre las luchas de poder y las batallas del norte de Italia que había en la época. Le envían a París para hacerse estudiante.

 

En París, hace amigos (como el Archipoeta, Robert de Boron y Kiot, la supuesta fuente del poema Parzival de Wolfram von Eschenbach) y estudia sobre el reino mítico del Preste Juan. A partir de este evento, Baudolino sueña con alcanzar esta tierra de fábula. En un largo viaje que dura 25 años, Eco demuestra toda la amplitud de su estilo literario. Baudolino conoce eunucos, unicornios y extrañas caricaturas de hombres. En cierto momento, una criatura femenina parecida a un sátiro le cuenta todo el mito gnóstico de la creación; el gnosticismo también estuvo muy presente en otra novela de Eco, El péndulo de Foucault. Los debates filosóficos se mezclan con comedia, aventura épica y criaturas sacadas de los bestiarios mediavales más extraños. El lector ávido de Umberto Eco notará referencias a novelas anteriores de Eco.

 

Baudolino fue traducida al español en 2001 por Helena Lozano Miralles. La novela presentó varias dificultades en su traducción, como por ejemplo el hecho de que haya unas diez páginas escritas en un lenguaje inventado que es una mezcla de latín, italiano medieval y otras lenguas.

Versión española de Wikipedia

Mensaje para SELVÁTICA

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EL GENERAL DEL EJÉRCITO MUERTO (Ismail kadare)

Aprovechad esta ocasión para poder decir que habéis leído algo de literatura albanesa, y más cpone ste autor, verdaderamente original, que no sólo escribe magníficamente, sino que también es muy entretenido.

Unos cuantos años después de la derrota del ejercito fascista italiano en Albania durante la Segunda Guerra Mundial, un General junto con un Cura son designados para la misiónde desenterrar y repatriar los restos mortales de los soldados italianos muertos durante la guerra en aquellas tierras.
 
En un principio el General acoge esta tarea con orgullo y con determinación utilizando todos los medios a su alcance, aun rodeados del escepticismo y recelo de los habitantes albaneses, pero al pasar el tiempo va perdiendo poco a poco esa determinación por una sensación de inutilidad, tiene pesadillas recurrentes, se imagina que los muertos que el va a desenterrar vuelven a la vida y el los dirige.

Poco a poco se va enterando de las historias de algunos de los restos recuperados y se da cuenta de que esta empresa lo marcara de por vida.

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